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La moda nunca ha sido neutral: vestir también es un acto político

  • Foto del escritor: Santiago Garcia Bretado
    Santiago Garcia Bretado
  • 1 jul
  • 5 min de lectura

La política siempre ha encontrado formas de manifestarse a través de la cultura. Lo vimos con The Wall de Pink Floyd, un álbum que convirtió la música en una crítica al autoritarismo; con La Ley de Herodes, una sátira que expuso la corrupción política en México; e incluso en eventos deportivos como la Copa Mundial de la FIFA, donde la competencia trasciende el fútbol para convertirse en una demostración de identidad nacional, diplomacia y poder.

México vs Ecuador (2-0)
México vs Ecuador (2-0)

Si el arte, el cine y el deporte pueden ser políticos, ¿por qué la moda habría de ser diferente? ¿Cómo algo que suele percibirse como superficial o "neutral" termina reflejando estructuras de poder, desigualdad e identidad?


Para responder basta entender dos aspectos fundamentales:


La industria de la moda mueve entre 1.79 y 2.5 billones de dólares al año y representa aproximadamente el 1.6 % del PIB mundial. Es una de las industrias más influyentes del planeta. Pero, además, existe una razón todavía más importante: todos consumimos moda. Sin excepción. Desde el uniforme que usamos para trabajar hasta un traje sastre para una entrevista, un vestido de noche o la camiseta de nuestro equipo favorito.

Look 15 Matières Fécales F/W 26
Look 15 Matières Fécales F/W 26

Vestirse nunca ha sido un acto completamente individual. A través de la ropa buscamos pertenecer, diferenciarnos, expresar emociones o comunicar quiénes somos antes de pronunciar una sola palabra. Cada decisión, por pequeña que parezca, refleja normas sociales, códigos culturales e incluso posturas ideológicas.


Como señala Otto von Busch en The Fashion Condition, la moda constituye un sistema que influye en la manera en que las personas se relacionan entre sí y construyen comunidad. Lejos de ser un fenómeno superficial, vestir implica participar en una estructura social, económica y política. Sin embargo, el impacto de la moda no termina en quienes la consumen. También alcanza a quienes la producen. Miles de trabajadoras y trabajadores de la industria textil continúan laborando en condiciones precarias, con salarios insuficientes y jornadas extenuantes para abastecer un mercado que exige prendas cada vez más rápidas y económicas. Mientras una persona publica un haul en redes sociales o compra un conjunto nuevo para una ocasión especial, en otra parte del mundo alguien pudo haber confeccionado esa prenda bajo condiciones poco éticas.


Durante los últimos años distintos gobiernos han intentado responder a este problema mediante reformas legislativas. En México, por ejemplo, las iniciativas recientes se han enfocado en tres ejes principales: fortalecer la industria nacional mediante medidas comerciales, impulsar modelos de economía circular y reforzar la protección de los derechos laborales. Francia, por su parte, ha avanzado en propuestas para limitar el impacto ambiental del ultra fast fashion mediante restricciones comerciales y sanciones económicas.


No obstante, la discusión es mucho más compleja que simplemente señalar al consumidor.


Para miles de familias mexicanas, marcas como Shein, Zara, Cuidado con el Perro o incluso las líneas de ropa de los supermercados representan la única posibilidad de acceder a prendas accesibles y mantenerse al día con las tendencias. Cuando el salario apenas alcanza para cubrir necesidades básicas, resulta válido preguntarse: ¿puede realmente una persona elegir consumir moda ética cuando su realidad económica apenas le permite vestirse?


Es precisamente ahí donde la moda se convierte en política. No solo por las condiciones en las que se produce, sino también por las decisiones que obliga a tomar y las desigualdades que evidencia.


La ropa también funciona como un marcador social. Determinadas prendas, marcas o estilos continúan asociándose con ciertos grupos económicos, culturales o políticos, reproduciendo mecanismos de inclusión y exclusión. Un ejemplo reciente ocurrió durante la Copa Mundial de Clubes, cuando en México surgió un debate sobre la compra de jerseys piratas como una forma de evitar beneficiar a grandes corporaciones internacionales y, al mismo tiempo, apoyar el comercio local. Más allá de la legalidad de la práctica, la discusión reveló cómo una simple camiseta puede convertirse en un símbolo de identidad, consumo y resistencia económica.


La controversia alrededor del uniforme de la Selección Mexicana también evidenció otra dimensión política de la moda. Adidas desarrolló una propuesta inspirada en elementos del patrimonio cultural mexicano, incluyendo referencias al Calendario Azteca, mediante un acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Aunque la colaboración fue legal, el monto pagado por los derechos de uso generó un amplio debate sobre el valor económico del patrimonio cultural frente a las ganancias obtenidas por una corporación multinacional tras vender millones de unidades.


La conversación continuó con la colaboración entre Adidas y la firma mexicana Someone Somewhere, en la que artesanas de Naupan, Puebla, participaron realizando bordados tradicionales para una edición especial de jerseys. Mientras las prendas alcanzaban precios cercanos a los cinco mil pesos mexicanos, surgieron cuestionamientos sobre la remuneración recibida por las bordadoras y sobre la distribución del valor generado por el trabajo artesanal.

Wired Magazine
Wired Magazine

Pero la política dentro de la moda no solo ocurre en la producción; también se manifiesta en las pasarelas. Marcas como Matières Fécales y Willy Chavarria han convertido sus colecciones en plataformas para abordar problemáticas sociales y políticas. Durante la Semana de la Moda de París Otoño/Invierno 2026, Matières Fécales presentó una colección que cuestionaba la acumulación extrema de riqueza mediante siluetas exageradas, referencias al exceso y una crítica visual al poder económico concentrado en el uno por ciento de la población. Willy Chavarria, por otro lado, ha construido una de las propuestas más relevantes dentro de la moda latinoamericana y chicana contemporánea. Sin embargo, su trabajo también ha generado controversia. Su colección Primavera/Verano 2026 incluyó una representación inspirada en personas privadas de la libertad en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) de El Salvador, lo que abrió un intenso debate sobre los límites entre la denuncia social y la estetización del sufrimiento. Cuando el dolor ajeno se convierte en inspiración creativa, surge una pregunta inevitable: ¿es posible generar conciencia sin convertir la tragedia en un producto de consumo?

Womens Wear Daily
Womens Wear Daily

Otto von Busch escribe que debemos entender la moda como una forma de unión humana capaz de atravesar fronteras, conflictos e identidades impuestas. Quizá esa sea la mejor forma de comprender su dimensión política.

La moda no es únicamente ropa. Es economía, identidad, cultura, patrimonio, trabajo, legislación, activismo y representación. Cada prenda conecta a quien la diseña, quien la confecciona, quien la vende y quien finalmente la viste.


Por eso la moda nunca ha sido neutral. Cada decisión que tomamos frente al clóset —qué compramos, qué apoyamos, qué rechazamos y qué comunicamos con nuestra imagen— participa de una conversación mucho mas amplia sobre el mundo que habitamos. Vestirse, al final, también es tomar una postura. Y mientras exista un ser humano detrás de una prenda, la moda seguirá siendo, inevitablemente, un acto político. 


 
 
 

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